El silencio de una «guantá» sin mano

Carmen Boza ofrece un magnífico recital en el Hotel Barceló Renacimiento de Sevilla, de la mano de Live The Roof

Carmen Boza en el Hotel Barceló Renacimiento / E. Mendoza

Hay dos tipos de concierto: aquellos donde uno va para darlo todo y aquellos que parecen un recital. En el primero cantas y bailas hasta perder la voz y, si es posible, el conocimiento. En el segundo, entras en comunión con el artista y disfrutas hasta del rasgueo de un acorde en seco. Ambos pueden ser más o menos multitudinarios. Se pueden dar en un estadio o en el salón de tu casa. Pero, de entre todas las cosas que les unen, hay una muy significativa que les diferencia: el silencio.

Lo peor es que, a veces, se juzga injustamente al silencio. Se valora poco un buen silencio en estos tiempos de tanto ruido a un volumen y a una frecuencia tan altos. Es por eso que, en un concierto (del tipo recital) como el que ofreció Carmen Boza hay que valorar, aparte de la magnífica actuación de la artista gaditana, el silencio precioso y honesto que se respiraba entre los asistentes. Un silencio que marida a la perfección con la propuesta musical de Boza: sola, a la guitarra eléctrica, dejando que la brisa se llevara lejos sus versos más íntimos y punzantes. Dejando, tan solo, un caluroso silencio.

Y es que resulta que los silencios también hay que saber tocarlos. Son importantísimos en la música. Por eso, Boza ha escogido para esta ocasión tan íntima y personal un repertorio que, de primeras, siembre el silencio entre los presentes. Los primeros temas resultan ser los más antiguos y, alguno de ellos, incluso, hasta desconocido. Por lo que su música deja un silencio que abraza a los espectadores y les embelesa.

Con «No me parezco», Boza diseña una velada perfecta, donde romper el silencio solo cuando sea necesario, es decir, cuando empieza un tema con un riff o lo introduce con una frase ingeniosa. Porque esa es otra. Eso de «si vas a decir algo procura que sea mejor que el silencio» debería llevar detrás una coletilla que diga «y si viene acompañado de risas, mejor». Y eso Carmen Boza sí que sabe cómo maridarlo a la perfección.

La artista gaditana Carmen Boza en Live The Roof / E. Mendoza

Para seguir con la velada, la gaditana rescata «Disparate», un tema inédito que casa a la perfección con la línea que está marcando hasta ahora con su repertorio de temas antiguos, pero que también tienen cabida en su caja negra de mantras. El público calla y escucha. El silencio es lo que tiene: fomenta la escucha. Y aquí han venido exactamente a eso.

El silencio deja, pues, una sola interlocutora y la velada comienza a parecerse a una terapia en grupo –connotaciones negativas aparte–. Si por algo la música «es lo único que puede salvarnos» es porque tiene esa capacidad reparadora y curativa. Y eso es lo que sucede en esta terapia colectiva con las canciones más tristes y delicadas de Boza.

«Pasé por un momento malo y podía haber actuado de otra forma, haber hablado las cosas, haberme encarado con quien me hizo daño, pero decidí hacerle una canción. Que según mi madre es una “guantá” sin mano y, al parecer, duele más», explica la artista gaditana antes de cantar «Desconocidos»: «Esto que digo no te lo lleves a lo personal: tienes madera pero no tienes táctica, y nunca has jugado un partido en la liga profesional».

La noche cae y la luz de los focos no es lo único que ilumina el jardín del hotel. Con «El Ejército», Carmen se asegura de no dejar un solo rincón oscuro en nuestros pensamientos: «Ha llegado ya el momento de encontrar en las espinas nuevas formas de placer». Y esto solo era el preludio de lo que aún estaba por llegar, pues con «Culpa y castigo» Carmen nos recuerda que también ella sabe componer «temazos».

Carmen Boza tocando su Mustang blanca y roja / E. Mendoza

Aunque, según la artista gaditana, los temazos no se componen, «están ahí, en un limbo, y si te portas bien y buscas mucho, a veces te llega, te elige y terminas escribiendo un tema que pasa a los anales de la historia». Así presenta el que ella afirma que es su mayor «hit», con el que se dio a conocer para muchos y con el que empezó a abrirse puertas en la música: «Octubre». Aunque, con la broma, Boza le resta importancia al asunto: «Aunque quizás anales sea una palabra muy culta, ¿no? No parece que signifique lo que significa», exclama ante la risa de los presentes.

El público acompaña a Carmen cantando a un volumen bajísimo, cuidando no romper el silencio en el que nos estábamos arropando hasta ahora. «Esta canción la compuse pensando en esa aplicación que empieza por T y acaba por “inder” y que ha cambiado las formas que tiene la gente de conocerse», afirma Boza antes de tocar «Dámelo», donde advierte alto y claro: «Dámelo, dámelo todo ya, si me quieres conservar». No hay duda de que, ella por lo menos, sí que lo da todo. Al menos con una guitarra en la mano.

«Esparto», «Mantra», «Astillas», «La Vida Moderna» y «Gran Hermano» toman el relevo para presentar su nuevo disco, «La Caja Negra» (Etiqueta Negra, 2018). El silencio es cada vez más liviano. Ya no pesa como antes, pero sigue presente. La gente se anima a cantar los temas de Boza cada vez con más contundencia. Eso sí, de todas las cosas que podrían asombrar de Boza, que no son pocas, desde su voz a sus letras, sin duda lo que más engancha e hipnotiza es verla tocar la guitarra. Ella esgrime, con humildad, una «mala técnica» que ha convertido en virtud.

Carmen Boza en Live The Roof / E. Mendoza

Sin embargo, Boza conduce por el mástil de su Mustang sin mapa ni GPS: tiene una orientación finísima para dar con la nota correcta, agilidad a los mandos y, sin duda, se conoce todas las salidas, que eso es importantísimo para un buen guitarrista. No se trata de saber cómo salir de una nota mal tocada, sino que una mala salida te lleve al mismo destino sin perderte por el camino.

La noche se acaba, también el silencio y, por supuesto, el recital de Boza, que se despide a la andaluza, con una versión de «Como ronea» de Las Chuches y con una canción que ya es un clásico en su repertorio y que, esperemos, no abandone nunca: una versión, no solo digna, sino también emocionante, de los «Tangos de la sultana» de Camarón. Una vez termina el recital, la gente sale de allí como si estuvieran persiguiendo a esa brisa que se ha llevado todos estos versos y acordes. Quizás para saber a dónde los ha arrastrado y poder volver a escucharlos, ahora que ya no importa el silencio.

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