Libre y eterna insurrección

En su gira acústica, Manolo García ofreció este fin de semana en Sevilla un doble concierto en el auditorio FIBES ante más de seis mil personas

Fuente: Óscar Lafox para manolo-garcia.com

A cualquiera no se le debe aceptar un consejo, hay mucho psicópata suelto. No obstante, cuando un alma libre y pura como la de Manolo García te avisa –y casi te suplica– que seas feliz, que la vida son dos días, no puedes hacer otra cosa que intentarlo. Te lo dice alguien que de eso sabe un poco.

A Manolo García ya no es que se le permitan los consejos, es que casi se les exigen, como si fueran unos bises. Nada más pisar el escenario, rodeado de jaulas y luces, Manuel García se confiesa: «Estaba enganchado, pero dejé el Instagram, el Twitter, el Google, y ahora, por fin, puedo decirlo: soy libre». Y es que ha mudado tantas veces de piel que ya no es, ni pretende ser, un viejo roquero. Ahora se siente mucho más cómodo siendo un animal de corral. Feliz en el campo, entre flores, bichos, barro y riachuelos.

Y es que la naturaleza siempre ha rodeado no solo la letra, sino la escenografía y la simbología de Manolo, que es donde él desenvuelve mejor su felicidad. Por eso, lo industrial, lo tóxico y lo equidistante le enerva. «Estoy hasta los cojones de asfalto, me muero por los pájaros que ya no existen», se queja durante el concierto de este pasado sábado en FIBES. Este tema, la naturaleza, no solo es el epicentro de su universo sonoro, también es la columna sobre la que vertebra su discurso: «Este concierto va dedicado a Greta Thunberg y a todos los que están movilizándose por esta causa tan prioritaria», esgrime el cantautor.

«Os canto “Insurrección” si prometéis que apoyaréis al jubilado, cuando salga a luchar por lo suyo, y que también saldréis a apoyar a los jóvenes, cuando salgan a luchar por lo nuestro. Recordad que o flotamos todos, o nos hundimos»

Tras una gira a lo grande con toda la banda durante el año pasado, ahora Manolo García se sumerge en otra más acústica, con violines, guitarras españolas, bongos, un theremin, cencerros, una bandurria… El músico barcelonés demuestra, así, que su cancionero es versátil, líquido y mutable; que las canciones que sonaban en aquellos vinilos atemporales, se ataviaron de casette y, luego, de cedés, para terminar en una playlist intergeneracional en cualquier dispositivo móvil. Y, ahora, en esta gira, envueltas en paciencia de madera, en palmas al compás, en percusiones lentas y agudas. Porque a la buena música no se le pueden aplicar las leyes del espacio-tiempo: tienen su propio concepto de eternidad.

Con un concierto así, uno podría pensar que, si quisiera, Manolo García es capaz de hacer una tercera gira a capella, sin acústico, sin banda, sin nada. Su voz y sus canciones se lo permiten. El show, desde luego, está asegurado porque, a sus 64 años, este trovador catalán baila, se baja del escenario para sentir a su público, recoge regalos y regala besos, pide abrazos, toca la percusión y no deja de moverse durante más de tres horas de concierto. Ahí es nada.

Entre medias –a veces incluso de una canción–, deja volar alguno de esos consejos: [Suena «A San Fernando»] «Los grandes de Silicon Valley no quieren que sus hijos tengan móviles, prefieren criarlos en colegios especiales, rodeados de animales, pero que tus hijos, esos sí, tengan muchos móviles donde hacerse fotos y que después las guarde San Google… ¡Ay! Enséñame las fotos que tienes en tu caja de galletas [canta]».

El repertorio de este concierto, por supuesto, viaja desde los temas más recientes a versiones de sus grandes clásicos. Con «Sara», Manolo y su banda hilan sin parar «A veces se enciende» y «Lápiz tinta». El auditorio, que estaba deseando levantarse, desatarse y desinhibirse por completo, aplaude con fuerza a Manolo, que a ratos sigue siendo el rebelde que se sienta el último de la fila y, a ratos, el maestro de ceremonias perfecto, pintando por aquí y por allá algún que otro giro teatral. Por supuesto, el músico deja espacio para temas como «Carbón y ramas secas», «Pájaros de barro», «Somos levedad» o «Llanto de pasión».

Como alma libre que es, Manolo termina el concierto cuando quiere y por eso decide que, tras los bises y habiéndose ya despedido, si el público pide «Insurrección», él no se puede ir sin cantarla. Con este tema, el barcelonés reafirma su rebelión en la granja con un único requisito: «Os canto “Insurrección” si prometéis que apoyaréis al jubilado, cuando salga a luchar por lo suyo, y que también saldréis a apoyar a los jóvenes, cuando salgan a luchar por lo nuestro. Recordad que o flotamos todos, o nos hundimos». 

En un mundo lleno de consejos vacíos e interesados, de discursos viciados y agrios, falto de líderes que antepongan lo justo y lo necesario a lo que se espera de ellos, Manolo García es un pájaro independiente, cuyo canto libertario nos incita a una eterna insurrección. Háganle caso al viejo trovador y admítanle un consejo: sean felices, no hay mucho tiempo para intentarlo.

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