De concierto con Sidecars: «El trabajo es de todos, el aplauso es del artista»

–¿Cómo vamos de hora? –pregunta Juancho desde el escenario.
–Tarde –le confirma alguien del staff, –pero no te preocupes, aún no hay cola.

Son las siete y media de la tarde. Alguien llega y le da un walkie a Fede y le dice que, si necesita algo, por el canal 2. Siempre el canal 2. Fede asiente. «Entendido». Fede es el road manager de Sidecars en el final de su gira por teatros. Cuando termine, volverá a la carretera con Leiva, con quien lleva trabajando los últimos años.

Alguien le habla a Fede por el walkie. Seguramente sea por el canal 2. «¿Cuánto queda para que entren los Golden Pass?», pregunta Fede. Alguien responde al otro lado del canal. «¿Sólo cuatro? Vale, que esperen un poco». Fede nació en Buenos Aires, pero lleva 21 años viviendo en España. Vino por trabajo. Empezó con unos patrocinadores en un festival. Se interesó por lo que hacían los pipas y el staff de los grupos durante los conciertos. Empezó a conocer gente y a integrarse en el mundillo. De hecho, desde entonces, no ha trabajado en otra cosa. En su currículum encontramos artistas como Loquillo, Melendi, Bebe, Fangoria o Ariel Rot. Ahora, Fede está con Leiva. «El flaco es un tipo enorme», resume.

Fede no entiende qué interés puede tener lo que él diga sobre su trabajo. «Mi responsabilidad es que los chicos estén bien. Nada más», esgrime de forma pausada, masticando cada letra. Si le preguntan con quien ha disfrutado más trabajando, no lo duda ni un solo segundo: «Ariel Rot es el más grande, no hay otro tipo igual, como persona y como músico».

Durante un rato, Fede explica por qué Rot es un músico tan infravalorado en España. «Solo lo valoran sus compañeros de profesión. Pero no hay otro músico igual. Tiene un talento increíble. No se entiende cómo no está llenando estadios en España», afirma algo indignado, y también un poco dolido.

«¡Hombre, Manolo!», grita de repente Fede, que abraza a un hombre sobre el escenario. Manolo, el hombre al que ha abrazado, está junto al técnico de sonido, que anda algo mosca mirando su pantalla porque hay un acople que no consigue localizar. «¡Solucionado! ¡Que entren los Golden Pass!», pide Fede a través del canal 2 de su walkie.

Por la puerta de la izquierda entra un grupo de jóvenes, serán seis o siete, y se sientan en unas butacas que alguien les señala. «No solemos hacer esto de los “Golden”, pero nos lo propusieron y el grupo accedió. Son jóvenes, que disfruten», explica Fede, mientras los «Golden» aprovechan con una euforia muy mal disimulada su ratito de ensayo «privado», antes de que el grupo se retire a descansar.

«Los que damos la cara somos cuatro», afirma Juancho, «pero para que podamos hacer eso hay una cantidad de curro detrás enorme. Llevamos tres días de gira, hemos hecho un montón de kilómetros, estamos muertos, pero, en el fondo, toda esta peña que hay aquí detrás lleva todos estos días levantándose a las cinco de la mañana para llegar temprano a montar… Ellos no paran, desde por la mañana hasta por la noche, es súper importante el trabajo que hace esta peña». Los chicos ya están en el backstage, tras la prueba de ensayo. Aprovechan estos minutos para tomar algo y apurar el último cigarro antes de salir a tocar.

Sidecars está viviendo la gira de sus vidas. Llevan un par de años colgando el cartel de «entradas agotadas» en la mayoría de los sitios por donde pasan. Tras la gira en acústico, el grupo madrileño se ha embarcado en otra gira. Esta vez por salas y teatros, en un formato semiacústico, o quizás semieléctrico, repasando no solo los temas que adaptaron para «Contra las Cuerdas», sino también los de su último disco, «Cuestión de Gravedad» (2018). Pero no todo es tan fácil, hay que adaptar las canciones, el repertorio, a un formato como el de un teatro, y eso supone un trabajo artístico detrás, pero también a nivel técnico.

«La vida de los técnicos es la misma que la de los músicos pero sin la gloria, sin los aplausos»

«Ahí están los técnicos, que se tienen que pelear con los espacios desde antes de que nosotros llegemos», explica Gervás. «Cada espacio, pese a que puedas tener una mesa similar, los altavoces, la acústica… es un mundo, a veces se te va el sonido por un lado y hay que compensar. También es un trabajo acojonante, por ejemplo, el de Álex Tapia, nuestro técnico de sonido, para hacer que todos los teatros suenen increíbles y muy similares y no haya quejas».

Los chicos explican que, sin embargo, con las salas les pasa más eso de que «suena a culo», pero con los teatros no están teniendo ningún tipo de problema «porque están hechos para poder cantar sin micro». «En este caso, es Alex Tapia el genio. Nuestro técnico de sonido que nunca sale en las entrevistas y deberían hacerle una (risas)», bromea Gervás. Y es que, más allá de «la vida del músico», detrás de cada concierto, hay mucho trabajo. No solo tras cada canción, sino desde el primer acorde, hasta la acústica o la escenografía. Un concierto es un engranaje, por lo que cada pieza debe estar en su sitio para que todo salga rodado.

«Se habla mucho de la vida del músico, la vida del músico… que si estás todo el día de viaje… algo así, que pasas poco por casa y no sé qué. La vida de los técnicos es la misma. Si me lo permites, sin la gloria», apunta Juancho y, añade: «Sin la gloria… quiero decir, el aplauso nos lo llevamos nosotros, salvo cuando les sacamos al escenario para decir esto, ¿no? Cada vez que podemos, que lo hacemos adrede. Pero lo cierto es que el trabajo es de todos y el aplauso nos lo llevamos nosotros. Es un poco injusto».

Con «Contra las cuerdas» el grupo aprendió a vestir las canciones con otra sonoridad, con otro ritmo. Y, además, ese trabajo les ha sacado de esa mecánica en la que caen las bandas cuando giran demasiados conciertos con el mismo repertorio.

–No sé cuántos bolos llevábamos de esta gira, ¿cincuenta? –pregunta Juancho.

– ¡Cien! –le corrige Ruly.

– O cien… Hacerte otra gira con el mismo repertorio… quien diga que no, miente. Llega un momento en que tu cabeza está pensando en la lista de la compra. Y te vas, claro, como ser humano que eres. Entonces, es bueno ir renovando, metiendo cosas nuevas y hacer cosas diferentes para volver a meterte en el ajo.

«Si no has tenido la suerte, como hemos tenido nosotros, estás jodido. No puedes parar»

Y entre concierto y concierto, toca componer. Porque esto es una rueda, un ciclo que no para. Para algunos, de hecho, eso del ciclo es obligatorio. Hay grupos que no pueden permitirse «el lujo» de parar. Por eso Juancho escribe siempre que puede. «La primera canción del próximo disco, si entra, porque ya luego hay que hacer la criba, la escribí en “La Casa Morada”, el estudio donde nos encerramos para grabar el anterior disco. Allí, en una de esas noches, escribí lo que será la primera canción del próximo disco…», explica Juancho, pero Gervás le interrumpe para corregirle: «Hiciste la última de «Cuestión de gravedad» ahí y la primera del siguiente disco». «Claro, claro, claro», confirma Juancho.

«Estamos escribiendo siempre. Lo que hacemos es terminar el disco. Terminar el proceso natural del disco y de girar. No nos hemos permitido el “lujo” ni hemos tenido la necesidad ni las ganas de parar», añade. «Claro», reafirma Gervás, «hasta que no alcanzas un crecimiento, un artista no puede permitirse parar. Además, también, económicamente. Porque nosotros comemos de los conciertos. Si no has tenido la suerte, como hemos tenido nosotros, de hacer cien conciertos en esta gira, y podemos tener un poco más de margen, estás jodido. No puedes parar».

Porque no lo olvidemos, más allá del artista, el del músico es también un trabajo. Uno que, como otro cualquiera, te puede ir muy bien, o muy mal. Los términos medios son muy inestables y difíciles de conseguir. «Nosotros, a día de hoy, hemos llegado a poder vivir de esto. A poder parar. Nos da para vivir bien. Pero, hasta hace dos años, lo hemos compatibilizado con trabajos», confiesa Juancho.  «Trabajos jodidos… [Risas]», apunta Ruly. Desde teleoperador, a camarero, descargando camiones y un largo etcétera. «Yo me he encontrado a Ruly por la calle y me ha intentado vender un paquete de una ONG», declara Gervás entre las risas de los presentes.

Los chicos se lían el segundo cigarro. Están relajados y parece que todavía hay tiempo antes de salir al escenario. Fede vigila la escena desde atrás. Mira seriamente la hora en su reloj. Sonríe. Aún pueden hablar un poco más. «Yo, por ejemplo, estuve casi seis años trabajando para ONGs», se anima Ruly. «He trabajado en El Corte Inglés… he hecho un montón de cosas. Pero bueno, llega un momento en que no lo puedes compatibilizar más».

Por supuesto, no vale cualquier tipo de trabajo. Para llevar esta «doble vida» se necesita de un curro en el que, por supuesto, no pase nada si faltas un viernes. O un jueves. «Imagínate el tipo de curro que tiene que ser», resopla Ruly entre el humo del cigarro. «Currabas toda la semana, y el fin de semana de concierto y en la carretera, llegabas el domingo a las ocho de la tarde a casa y a currar el lunes. Llegabas con un cuerpo que no sabías ni dónde estabas. Y así durante ocho años, ¿sabes?»

«A nosotros nos han echado de curros porque teníamos un bolo y no nos daban el día y los hemos dejado tirados», vuelve a señalar Gervás entre las risas de los demás. De hecho, la gira de «Contra las Cuerdas» supuso el empuje final que los chicos necesitaban para dejar de compaginar esa doble vida laboral.

Tanto es así que, cuando empezó la gira, Ruly todavía mantenía su antiguo empleo. Como no podía tirar para adelante con las dos cosas, intentó bajarse un poco el horario. Llegó un punto en el que se lo bajó tanto que ya no le merecía la pena ir a trabajar. «Y no es plan, ¿sabes?». Hubo en el grupo un par de meses de vértigo donde tuvieron que poner «toda la carne en el asador». Era el momento de apretar. No sabían si les iba a salir bien o mal. Pero, al final, apostaron. Y aquí siguen.

Porque, claro, para llegar a los «sold out» hay que estar ahí. Hay que comerse las giras con salas vacías. Los conciertos con diez personas. «De hecho, quien no se lo come, no es natural», zanja Juancho. «El que no vive eso y se come el éxito de repente… Te hace no saber todo lo que viene antes. No puedes valorarlo de la misma manera. Lo cierto es que tienes que haber sufrido un poco, como en todo, para valorar lo que es que te vaya bien. Si te va bien desde el principio, inevitablemente te parece un poco lo normal».

«Tenemos taras de pensar que las cosas no están bien, de no atrevernos a arriesgar con recintos muy grandes»

No obstante, a los Sidecars les sigue pareciendo raro que todo les vaya tan bien. Siguen con las mismas «taras» de hace ocho o nueve años, cuando la cosa era muy distinta. «Tenemos taras de pensar que las cosas no están bien, de no atrevernos a arriesgar con recintos muy grandes, que todo el mundo ve que sí, pero nosotros no nos atrevemos de ir poquito a poco. Tenemos los pies muy en la tierra».

Y es que una gran parte de este oficio, dicen, está ahí, en tratar de no volverse loco. «Porque te vuelves loco, si no lo gestionas bien. Si tú no tienes una escalera y vas subiendo poco a poco y te ves directamente ahí arriba que es difícil gestionar esa altura. El coco se vuelve loco si le das esas emociones tan fuertes», puntualiza seriamente Gervás, señalándose con el índice varias veces la sien.

«Esto es una movida porque llenas tres veces la Riviera y, de repente, vuelves a tu casa, te pones el pijama y bajas a pasear al perro. Es toda una vida de contrastes. Tienes que tener los pies en la tierra porque el coco se resiente. Es un curro que necesita de mucha gestión emocional», resume Ruly.

Las luces se apagan, los chicos se preparan para salir. Antes de que nadie pise el escenario, sale Manolo de nuevo, a comprobar que ya no hay acoples, que todas las guitarras están afinadas. «¡Manolo, eres un grande!».«¡Manolo, venimos por ti!», le gritan algunos entre el público. Quizás ahí esté la magia de la música, en el esfuerzo diario, en la constancia por encontrar la calidad y, por supuesto, en esa combinación de trabajo en equipo y talento.

Hoy, irónicamente, el teatro no está lleno. Quedan muchas butacas vacías en el Cartuja Center Cite. «Hay mucho por hacer aún, esto no está lleno», grita Juancho a su público. «¡Y, sin embargo, vamos a hacer el mejor show de la historia! ¡Vais a batir el récord de estar de pie en un teatro!». No sabremos si fue el mejor show de la historia de Sidecars, ni si aquella noche se batió algún récord. Pero, sin duda, aquella noche en el Cartuja Center Cite los Sidecars demostraron que no llegaban tarde a ningún sitio. Esta es su hora.

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