El ponche de rock lisérgico de Ángel Stanich en Sevilla

Concierto de Ángel Stanich en Sevilla dentro del ciclo POP CAAC

Ángel Stanich durante su concierto en Sevilla / E. Mendoza

La música es como una droga. Lo dice la ciencia. De hecho, esto nos ayuda a comprender un poco más por qué el trabajo de Ángel Stanich se escapa de las etiquetas clásicas: lo suyo no es solo rock, no es solo country. Es algo más. Su música es un potente LSD sonoro, una melodía ácida que nos sumerge en un desierto árido, caluroso, que nos acelera el pulso y nos lleva a una especie de delirio armónico donde su voz, aguda y reverberante, rebota en nuestros tímpanos y nos traslada a un universo único, colorido y estrambótico.

Vivir un concierto suyo es lo más parecido –musicalmente hablando, claro– a estar en el autobús de Ken Kesey y sus alegres bromistas, recorriendo las carreteras de Estados Unidos hasta arriba de ácido. Con Stanich ocurre lo mismo que con Kesey: o estás en el autobús, o estás fuera de él. No basta con meterte en vena sus canciones, sin pena ni gloria. No es suficiente con que hayas p-r-o-b-a-do alguna vez su peyote eléctrico. Hay que vivirrrrrr la experiencia de su autobús sonoro, si quieres saber de verdad lo que significa su música. Esto no va de colocarse un poco: esto es una forma de entender la vida, con la música como salvoconducto para escapar de todas nuestras miserias.

En su concierto celebrado el pasado 9 de agosto, dentro del ciclo POP CAAC de Sevilla, Ángel Stanich ofreció todo un recital de rock lisérgico, hirsuto y despeinado ante un abundante público. Desde las primeras filas, pobladas de un amplio jardín de camisetas de flores, algunas copias melenudas «AliExpress» de Stanich y millenials con camisetas con mensajes varios, hasta las últimas, donde habitan siempre los matrimonios, las familias y las piernas más cansadas, no había una sola garganta que no corease cada verso de sus canciones. 

Ángel Stanich tocando su guitarra acústica / E. Mendoza

«¡Barbudo!», le grita un tipo con sombrero playero en primerísima fila, justo cuando Ángel hace presencia en el escenario a eso de las diez y media de la noche, con la intro de Twin Peaks de fondo. Su carta de presentación, «Un Día Épico», sirvió para recordarnos de qué iba la cosa: o estamos en el autobús, o estamos fuera de él. Y estábamos. Anoche, estábamos en el autobús. Mientras Ángel canta: «¿Alguien ha visto a Janis / Le dieron una mierda muy tóxica / Conocí Getafe  / Tuve un día épico», con su voz puntiaguda y reflectante, el subidón se contagia entre el público. «Sé-muy-bien-lo-que-hice-ayer», entona Stanich, poniendo caras exageradas ante el micrófono.

Todo lo reservado que es Ángel con la prensa, lo pierde sobre el escenario. «Y eso que a él le apasiona el periodismo tanto como la música, lo lleva muy, muy dentro, de hecho, se podría decir que con alguna de sus letras él hace periodismo musical», explica alguien que le sigue a todos los conciertos que puede y que presume con una sonrisa de conocerle muy bien. «¡¡MEZ-CA-LI-TO!!», vuelve a gritar el señor del sombrero playero, dando a entender que, puede, quizás, que la música no sea el único viaje que está experimentando esta noche.

El público celebra la canción con una explosión de baile y gritos. El señor del sombrero salta tan fuerte que termina perdiéndolo. Las parejas y los amigos se abrazan por el cuello, saltando también, en esa especie de baile universal tan peligroso para las cervicales. Entonces, el viaje del autobús lisérgico baja un par de marchas. No se puede vivir en un subidón constante: hay que saber drogarse. Musicalmente hablando, claro. 

El cantante Stanich solo al micrófono / E. Mendoza

Por eso, Stanich y los suyos cantan «Mañana», aunque al señor del sombrero le pilla por sorpresa y no la baila. Simplemente, se encoge de hombros. Resulta que Stanich, aunque es de Santander, tiene ascendencia de Ronda. Esto es importante saberlo porque en «Mañana», sus oscuros ojos se iluminan con un brillo, extraño y profundo, cuando canta eso de «que el Pedro Romero del alba / te clave el tizón / en esta loma agrietada / de la Sierra de Ronda». 

Tras la cuarta canción, Stanich se presenta por fin ante el público sevillano, eso sí, con un escueto «buenas noches», aunque les invita a seguir de viaje por su «Galicia Calidade». Con esta canción vuelve el subidón. Sus ácidos acordes musicales envenenan al público con una toxicidad caníbal. Sin duda, Ángel está rodeado de una banda soberbia, con un espléndido Víctor Pescador a la guitarra eléctrica haciendo maravillas, creando sonidos casi más visuales que musicales. De hecho, este es el tema con el que el público termina por explotar: «¡¡¡¡GA-LI-CI-A-CA-LI-DA-DE-E-E-E-E-E-E-E!!!!!».

Ángel Stanich en un momento de su concierto en Sevilla / E. Mendoza

Esta vez, el autobús se sumerge en una carretera secundaria donde no llega la cobertura y no hay estaciones de servicio, con temas como «Qué será de mí», «Salvad a las ballenas», «7 de septiembre» (versión de Mecano) o «Río Lobos». Stanich vuelve a coger el micrófono con más ganas para dirigirse a sus alegres bromistas haciendo gala de un humor inteligente y árido, tan falto en estos tiempos en los que solo se escuchan mensajes vacíos sobre el escenario. «Estoy contento de venir a Sevilla, no sé si de concierto, pero a esta trampa de tocar en agosto, porque esto es una trampa con el calor que hace. Aunque veo poco sevillano por aquí: no se ve mucha gomina. Ya en serio, es increíble que estéis aquí los sevillanos y no en Cádiz».

El santanderino demuestra en sus directos tener más aristas de las que nos hace creer. Porque si algo está claro es que solo vemos lo que él nos deja ver. En realidad, el músico esconde un universo complejo y en expansión, que se deja entrever agazapado entre sus versos, o cuando empuña un micrófono entre canción y canción. «Hula Hula», «Señor Tosco» y «Camino Ácido» abren el paso hacia un regalo que nos trae Ángel explícitamente para este viaje: «El Cruce». «¡Qué bueno, hace mucho que no la toca!», señalan desde el público.

El señor del sombrero –ya lo ha recuperado– coge aire para volver a la carga: «¡Barbudo, eres el Rey León!», grita nada convencido, mirando a su alrededor, encogiéndose de hombros una vez más, como si ni él mismo hubiera entendido por qué esas palabras han salido de su boca. Irónicamente, sobre el escenario Ángel canta eso de «yo no vuelvo a beber LSD». Desde luego, hay que saber colocarse.

El público abraza a Stanich / E. Mendoza

Pero, claro, llega el momento de los bises y, una vez más, el señor del sombrero decide que no ha sido suficiente y que todavía tiene una última oportunidad de demostrar que no hay nadie a los mandos. Para que Stanich vuelva al escenario a tocar sus últimos temas, el tipo le grita: «¡Esto es Sevilla, y aquí hay que mamar!» repetidas veces, intentando que alguien le siga. Y si esto no es apropiación cultural, que venga Mágico González y lo vea.

El subidón toma velocidad con los temas más agresivos de Stanich: «Escupe fuego», «Carbura!» y «Metralleta Joe», todo un himno de su rock lisérgico. Y es que Ángel Stanich no canta. Realmente, genera sonidos desde el estómago que rebotan en el tálamo y, finalmente, escupe sobre el escenario. Así, «Mátame Camión» es el grito de un predicador del rock entrando en éxtasis, un subidón que termina en un acantilado sonoro.

Para poner un cierre a esta comunión del ácido musical, Stanich se tira sobre el público, no una vez, sino dos. Sudorosos, tanto él como sus alegres bromistas, se abrazan poniendo punto y final a un concierto brillante, generoso y excitante. «En esta vida hay que hacer lo que te gusta, y Ángel lo hace», afirma alguien entre el público. Y uno se va del concierto pensando que ojalá esas ganas para vivir de lo que te apasiona enganchasen tanto como la droga o la música, y no fuera tan fácil desprenderse de ellas.

Ángel Stanich sobre su público / E. Mendoza

E. Mendoza

Periodista. Escribo, pero no se me da tan bien como el salmorejo. Twitter: @Malpartida_EM

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *