James Rhodes en Sevilla: solo la música puede salvarnos

El artista londinense, James Rhodes, ofrece un magnífico espectáculo lleno de humor e intensidad

 

«¿Tú crees en Dios?», le pregunta un tipo a su compañera de trabajo, a eso de las cuatro menos cuarto de la tarde, mientras toman café en la terraza de un bar, en medio de la Isla de la Cartuja. Es decir, en medio de la nada más absoluta, del momento más incoloro de sus vidas. «No», le dice ella, sin matices ni florituras. Aunque él sí que cree que Dios existe, pero tiene sus dudas y tampoco se adorna en su respuesta: «Algo habrá, ¿no?».

Lo humano y lo divino. La pareja extraña y eterna. Muchos han intentando despejar la X en esa ecuación. Los más locos, a través de la ciencia. Los más racionales, a través del arte, la literatura y la música. Por irónico que parezca, estos últimos, quizás, son quienes más se han acercado a encontrar la respuesta correcta.

Porque si algo tiene sentido en medio de este caos, eso es la música: nos define, nos acompaña, nos complementa y, a muchos, nos ayuda. Saber qué tipo de música, cómo, cuándo, cuánta y con quién la consumimos es una de las formas más exactas de llegar a conocernos a nosotros mismos y a los demás. No importa si eres heavy, si te la pone dura la discografía de la Niña Pastori o si solo has escuchado las dos canciones más virales de Rosalía. No hace falta saber tocar un instrumento para expresarse a través de la música, basta con elegir una canción para un momento concreto.

Si estamos tristes, pletóricos o melancólicos, escuchamos canciones para hundirnos más en ese sentimiento o, por el contrario, para que nos saque de él. La música nos salva del mundo y de nosotros mismos. Y eso es lo que le pasó a James Rhodes. La música le salvó del mundo, pero, sobre todo, de sí mismo. Menos mal que lo hizo. Gracias a ello, somos muchos –cientos, miles– los que disfrutamos de Rhodes; no solo a las teclas de un piano, sino también viéndole tuitear desde su móvil, con un micrófono en la mano o encima de un escenario. Rhodes es un transmisor de luz y de buenas vibraciones. Pero, ante todo, de música.

Eso, sin lugar a dudas, quedó demostrado anoche. Muchos de los allí presentes, en el Cartuja Center Cite de Sevilla, no habían leído sus libros, escuchado sus discos o alguna de las piezas que él interpreta en sus conciertos. Lo conocían de las redes, de los artículos que escribe para El País. De lo que se dice de él y de lo que él dice de nosotros. Muchos otros sí que habían leído, al menos, su obra más conocida («Instrumental»). Aunque también había, por supuesto, aficionados a la música clásica. Pero esa ya no es una razón –o al menos ya no es la única– para asistir a un concierto como este. No desde que conocimos a James.

Es el caso, por ejemplo, de Bob y Tina. Ambos están de turismo por Sevilla. Son de Nashville (Tennessee) y, coincidiendo con su visita a la capital hispalense, decidieron acudir al concierto. Ella no sabe nada de música clásica, ni siquiera ha leído nada de Rhodes –aunque reconoce que debería hacerlo–. Él, por el contrario, es un apasionado de este tipo de música. Pero lo que más le gusta de Rhodes, que no es muy conocido aún en América, es que hace que sus conciertos sean para todos los públicos. Sin importar si habían escuchado anteriormente algo de Beethoven, Bach o Chopin, Rhodes consigue que la gente conecte con lo que él interpreta. «Y eso es emocionante», esgrime Bob.

Se apaga la luz y sobre el escenario solo queda un Steinway negro, un foco que ilumina el centro de las tablas y un nombre en blanco sobre un fondo oscuro: «james : rhodes». El pianista londinense borbotea unos pasos, tímidamente, hacia el centro de la escena. Le bastan tres palabras para sacarle una sonrisa a los presentes. Es pura empatía. Mezclando lo mejor de su inglés con lo peor de nuestro español (las palabrotas), consigue mantener el interés del espectador y, no solo eso, hacer que un concierto de piano sea un show –en efecto, un espectáculo– ameno, divertido y distendido. «Voy a intentar hablar español, pero doy por hecho que sabéis inglés. A ver, voy a probar con una frase sencilla a ver si la entendéis: Fuck Donald Trump». El respetable, al bolsillo.

«Este concierto va a ir sobre la felicidad», esgrime James desde el escenario. Así, nos presenta la Partita nº 1 de Bach y nos hipnotiza con el puntilleo de las teclas, con sus tics nerviosos pasándose el dedo por debajo de la nariz, con su postura encorvada, casi precipitándose dentro del piano, sin ninguna partitura –ni red– por delante. Aquí el único convencionalismo que se guarda es la reverencia ante su público cuando éste le aplaude. Ni chaqués, ni silencios sepulcrales. Risas, aplausos, toses y gente grabando con el móvil. Y James feliz, como un cerdo en el lodazal.

A través de la música, Rhodes nos descubre que Chopin era algo tímido y que escribía canciones de amor desde su ventana. El londinense, que lleva tatuado a Rachmaninov (autor laureado por el público) en su antebrazo porque es «el puto amo», también nos explica cómo cree que sonaría Beethoven si viviera en el siglo XXI y, estando borracho en una fiesta con amigos, alguien le dijera: «Eh, Ludwig, ¿por qué no tocas algo al piano?», y éste arrojara su botella de Rioja al suelo y espetase: «¡Qué cojones! ¡Claro que sí!».

Si existe Dios o no, si todo esto tiene sentido o solo somos polvo –de un polvo venimos, eso está claro–, nadie lo sabe ni tiene respuesta. Lo que está claro es que hay momentos en los que sólo la música arroja algo de luz y de paz en medio de todo este caos. Y, afortunadamente, aún sigue habiendo gente como James Rhodes que, con solo aferrarse a las teclas de un piano, consigue salvarnos a todos y hacernos felices. Al menos, por un ratito.

[Nota: este artículo pertenece al Medium de E. Mendoza y ha sido rescatado para MYCES por el autor].

E. Mendoza

Periodista. Escribo, pero no se me da tan bien como el salmorejo. Twitter: @Malpartida_EM

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