La «fórmula Rozalén»

Málaga. 23.30h. «Aquí todos somos iguales», sentencia María Rozalén mientras presenta a todo su equipo ante las 2.700 personas que han acudido a verla al Palacio de Ferias y Congresos. Los chóferes, los técnicos, el equipo de montaje, las luces, los bakcliners. Todos. «Rozalén» es un concepto que ha dejado de pertenecer exclusivamente a María y que, ahora, es de la gente. De su gente, primero. De su público, también. «Cuando yo la conocí todavía se hacía llamar María Rozalén. Después del primer disco perdió el ‘María’ para ser ‘Rozalén’», afirma Ismael Guijarro, productor, guitarrista, columna vertebral y brújula de lo que hoy conocemos como «Rozalén».

Unas horas antes, a las 18.00h. Prueba de sonido previa al concierto. «Al final, esto es como cualquier otro trabajo. Salimos ahí arriba y nos mitifican mucho, pero lo que hacemos requiere simplemente mucho trabajo y repetir el patrón musical que has tocado en cada concierto», explica Ismael. «¡Cualquiera podría hacerlo!», bromea de fondo Tete Moragón, batería del grupo y también la persona que más tiempo lleva trabajando con María. «Nos presentó un DJ y yo al principio dije: verás, esto igual no es mi estilo. Pero la escuché, con esa voz, ese talento para escribir, porque no solo ahora, las letras de antes también son muy chulas… Y aquí estoy, ya ves».

Y es que, aunque bien es cierto que tras este disco, este proyecto, esta carrera, hay mucho esfuerzo, también hay mucho talento. «Cuando conocí a Rozalén lo tuve muy, muy claro. Tenía la madera para ser lo que ella quisiera», explica Ismael. «Hay artistas que componen bien, que tienen buena voz… O que, simplemente, tienen mucho carisma. María lo tiene todo. Es una de esas artistas que nacen cada 50 años».

Y no lo dice sólo él. Lo dicen la prensa, las cifras y, por supuesto, su legión de fans. Un número que, por cierto, cada día suma más cifras. «Todo esto ha aumentado exponencialmente y, aunque es muy conocida, todavía vivimos en ese momento en que hay gente que recomienda a sus amigos que la escuchen, porque no la conocen», subraya Ismael. «Los fans de Rozalén son muy respetuosos, muy cariñosos. Por eso María no teme bajarse del escenario y cantar entre ellos».

En cada concierto, su público la envuelve y arropa como si fueran parte de su familia. Eso, mezclado, batido y agitado junto al vendaval emocional que propone el grupo, genera un ambiente muy singular entre los presentes. Por ello, aunque sea un trabajo, como otro cualquiera, no se vive de la misma manera. «Estoy muy nerviosa, pero se me pasará», confiesa Beatriz Romero, intérprete de lengua de signos y mano derecha de María. «Con este disco ha cambiado algo, estamos llegando a mucha mas gente, lo estamos disfrutando y, a la vez, estamos sorprendidas de todo el cariño que estamos recibiendo», detalla.

El impacto que está teniendo Rozalén en la industria con su último trabajo es indudable. Además, está colaborando con una serie de artistas reconocidos, no tan reconocidos y muy reconocidos nacional e internacionalmente. «Personalmente, a veces tengo miedo que esto pueda llevar a una sobreexposición, pero ahora mismo estamos contentos por cómo nos está yendo todo», afirma Ismael. «Hay gente que quiere llegar muy rápido a los sitios sin disfrutar del camino y, nosotros, llevamos ya mucho tiempo en esto. Vemos de dónde venimos, dónde estamos y ahora apuntamos hacia dónde queremos ir». Tanto es así, que Rozalén dispone de una singular relación con su discográfica. «Algún día se estudiará en la industria musical», bromea Ismael refiriéndose a que «ella es dueña al 100% de todo sucatálogo discográfico y de sus derechos de composición, además, tenemos muchísima libertad de poder dirigir nuestro trabajo como queramos».

Un trabajo que realizan con un ojo aquí y otro puesto más allá de nuestras fronteras. «Desde que conocí a Rozalén, mi objetivo y obsesión siempre ha sido crecer por Latinoamérica», afirma Ismael.

– ¿Te acuerdas de cuando tocamos en la calle, en Argentina?-, pregunta María.

– Sí, sí. Era en la portada de la Feria del libro de Buenos Aires. Fuimos allí con un equipo muy austero y… a tocar. A que nos conozca uno, se interese, se lo diga a otro… Pico y pala-, le responde Ismael.

En la prueba de sonido también está Melisa, una chica que trabaja para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Está de vacaciones y ha decidido viajar a España y seguir a Rozalén en todos los conciertos que pueda. De ciudad en ciudad, con su pequeña pancarta con la bandera de Argentina, cantando todas y cada una de las canciones del repertorio. «Ojalá pueda ir a Madrid pero no sé si podré cambiar la fecha. Tenés mucha suerte acá de poder disfrutar de Rozalén cuantas veces quieran», se lamenta Melisa.

Aquí todos son como una familia, sabedores del privilegio de pertenecer a un grupo como éste. «Yo he trabajado con muchos artistas y no hay otro grupo en el que estén, por ejemplo, los propios conductores en el camerino con nosotros. Y ellos han trabajado también conmigo en los mismos grupos, con los mismos artistas. Nos acompañan a todas las ciudades y, al final, somos como una familia. Este ambiente es difícil encontrarlo ahí afuera», explica Oliver, guitarrista en Rozalén.

«La falta de empatía es la enfermedad del mundo en que vivimos», apostilla la cantante durante el concierto, arrancando por décima vez los aplausos del respetable. «María es pura empatía. No es capaz de decir que no a nadie, le cuesta mucho. Si alguien le escribe algo por redes ella lo ve, lo sabe, contesta, le da a me gusta… Empatiza con todos», cuenta Ismael.

Tanto encima del escenario como detrás de él, en Rozalén se predica con el ejemplo: ante todo, el grupo transmite humanidad. «Tenemos durante unos días un nuevo backliner, Álvaroque trabaja con nosotros desde hace tres conciertos. En su primer día, al final de la actuación, antes de los bises, me tocaba salir a mí al escenario el primero con la guitarra ya en mano y él me la tenía que tener preparada por razones técnicas. Cuando ya estaba a punto de salir, miro alrededor y la guitarra no aparecía por ninguna parte», detalla Ismael entre risas. «Comencé a gritar: ¡la guitarra, la guitarra! Me puse tan nervioso que comencé a dar vueltas por detrás del escenario. “Arriba te la he dejado”, me dijo el pobre backliner, asustado en su primer día de trabajo. “¡Nooooooo, salgo con ella desde aquí!”, le grité histérico por los nervios de salir con todo el público aclamando “otra, otra”. Al terminar la actuación, se acercó al camerino a pedirme perdón por el error, yo le dije que me disculpase él, porque bajo ninguna circunstancia tenía que haberme puesto tan nervioso, era su primer concierto y por supuesto que tiene todo el derecho a equivocarse», afirma riéndose. 

Ismael desprende mucha confianza, serenidad y también mucha paz. Por cómo habla, parece tener muy claro qué es lo que quiere y cuál es el siguiente paso que dar. No tiene miedo en mostrar las entrañas del grupo, porque sabe que no hay nada que esconder. Al contrario, lo comparte orgulloso con los demás. Tiene experiencia, además, para saber coger la sartén por el mango. «Hay muchos artistas que quieren llegar muy rápido al éxito,impulsados por sus productores y/o discográficas, y en muchas ocasiones les hacen firmar contratos terroríficos olvidándose que todos los artistas, a los años de entrar en el negocio, aprenden cómo funciona la industria. Y es ahí cuando se preguntan: “¿Cómo pude firmar un contrato de esas características?”», concluye.

Por supuesto, el respeto es otro de los factores importantes. En un grupo, como en un equipo de fútbol, para jugar bien y ganar, el respeto y la confianza en el trabajo de los demás es innegociable. «Raquel es una persona que, con solo 28 años, lleva en sus hombros casi todo el trabajo de ‘Rozalén’», declara Ismael. «Casi todo no, todo», resume con una sonrisa la propia road manager. «Toda gestión que se tenga que hacer, no solo sobre el escenario, sino también detrás de él, pasa por Raquel. Ella es básica para que todo esto funcione». 

Ya en las pruebas de sonido se empieza a escuchar ese murmullo lejano que se oye cuando va a romper una ola. Risas, improvisaciones, buenas vibraciones. De hecho, la ola no será tal, sino todo un maremoto musical que empapará a casi tres mil personas. En los prolegómenos, sin embargo, Ismael duda sobre cómo va a sonar el concierto en un recinto «con tanta altura y tanta chapa». No obstante, todo parece ir bien. La banda está relajada, disfrutando. Goyo y Samuel se atreven con el flamenco. Álvaro, al piano, juega con las teclas en mitad de la prueba mientras el resto ríe. Por su parte, Rozalén bromea con cantar por Metallica: «Me la sé, ¿eh? Un día podríamos cantarla». Por supuesto, una vez que María toma el micrófono y empieza a sonar «La puerta violeta», cualquier duda sobre la calidad del sonido termina por desaparecer.

20.00h. Camerinos. «Venid, venid», exclama hacia el resto de la banda. Alguien le ha regalado una cesta de fruta con forma de girasoles y se ha convertido en el centro de atención. «Tomad, coged uno, ¡está riquísima la piña!», invita la cantante a todo el que se asoma por la puerta. Todos para una, una para todos. La sinergia es palpable. «Chicos, faltan diez minutos», avisa Raquel. En el aire, fluye una alegría constante. Los nervios se pegan a la ropa y se multiplican los abrazos. Este puede parecer un trabajo como otro cualquiera, pero no es cualquier trabajo.

Una vez que comienza el show, lo que pasa encima del escenario ya es por todos conocido: Cuando Rozalén suena, el mundo parece un lugar mejor.Todo esa energía, ese cariño y esa actitud se contagia entre el público con virulencia, sacudiendo emociones, sentimientos y, por supuesto, el esqueleto. «Entre lo que he cantao y lo que he llorao…», comenta alguien desde la primera fila al terminar el concierto.


Da igual que el recinto sea para que el público esté sentando. Con Rozalén, se baila. Da igual que estés al fondo y nadie te oiga: tú vas y le gritas «¡Eres la mejor!». Porque, aunque «es muy fácil tocar», según afirman bromeando los propios músicos -porque solo hay que «seguir un patrón»-, lo difícil no es hacerlo bien, soberbio y profesional. Es hacer eso y, además, transmitir y contagiar, de las bambalinas al escenario. Que, cada día, sean más y más los que forman parte de esta gran familia. Y ellos lo están consiguiendo.

Solo así se entiende el éxito que están cosechando. No sólo por el disco de oro -tercero consecutivo en su corta carrera- que hace poco le entregaron David Broncano y su equipo de La Resistencia. No solo porque antes llenaban salas de 400 personas y ahora de 2.500 o más. El éxito, el triunfo, es hacerlo con esa visión, esa actitud y esa filosofía. Manteniendo y cuidando a los suyos. Siendo generosos, solidarios y humanos. Sabiendo que, si la falta de empatía es la enfermedad del mundo, como dice María, también debe existir una cura. Y ellos, sin duda, tienen la fórmula.

 [Nota: este artículo pertenece al Medium de E. Mendoza y ha sido rescatado para MYCES por el autor].

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