La «subía» de Camarón

«Si cuesta aprender a vivir, la guitarra cuesta más». Al menos, eso es lo que dice Juan. Él venía de ver a sus niños, «que estaban con la divorciá, ya sabes». Cuando llegó, nosotros estábamos en el parque, intentando sacar una canción de Makandé, «Kamikaze». O como mi amigo Manuel la llama: «La primera del repertorio».

Así que allí estábamos, tanteándonos, entendiéndonos, procurando hablar el mismo idioma con la guitarra. Ahí fue cuando apareció Juan con su bicicleta. Juan es robusto, bajito, tiene piel barnizada por el sol y la ropa hasta arriba de manchas. El camuflaje callejero. Tenía los ojos rojos y temblaba al hablar. Se acercó lentamente pero con mucha naturalidad. «Venía de ver a mis niños y os he escuchado tocando la guitarra». Esa es su carta de presentación.

Juan se enciende el primer cigarro de todos los que que no acabará de fumarse. «Tócate un fandango, su colega», le dice a Manuel. Yo prefiero no hacer ni el intento, así que me quedo en un segundo plano y dejo a Manuel, que de esto sabe un poco más. Sin pensarlo,  se arranca y Juan le sigue. «A una mujer de la vida, yo le clavé un puñal», canta con voz de cenicero y un ritmo muy asonante.

Esa primera coplilla deja un ambiente mucho más tenso. Juan nos examina. Quiere más. «¿Qué tocáis?». No mucho. Así que Juan, que habla lento pero vive deprisa, se deja de tonterías y va al grano: «Yo he tocado lo más grande, ahora ya no sé si podría». Manuel duda y lo tienta: «¿Pero sabes tocar?». En el fondo mi amigo sabe que, si le deja la guitarra, y suena bien, tenemos Juan para rato. Así que, tras pensarlo un poco, se la pasa.

Juan no se lo piensa dos veces y, sonriendo, con más ceniza que cigarro en la boca, pone unos acordes y titubea antes de rasgar. «Esta guitarra transmite, no sé si es cara o barata, pero transmite». Se arranca por bulerías con una falseta que suena añeja. Manuel se relaja. «Tú sabes tocar, ¿eh?». Un poco, dice Juan, que cuando toca la guitarra ya no tiembla. «Si me pongo, me saco las cosas del pensamiento. Me van a la mente, ¿sabes? Yo sé. Sé muchas cosas».

Resulta que Juan ha tocado mucho la guitarra. Sobre todo por las noches, obviamente. De primeras nadie lo diría viendo sus ásperas manos, sus dedos gordos y cortos. Pero Juan tiene pinta de saber. De la vida y de la guitarra. Dice que se ha comprado muchas, muchas guitarras. Pero no lo afirma muy seguro. Presume especialmente de saber del tema, porque ha tenido una de esas guitarras que no están al alcance de cualquiera. «Una que en to’  Sevilla no había otra igual. Una que, de lo que costaba, daba mieo pensarlo. Vamos, yo vi el precio y me asusté».

Es lo que tiene el flamenco, que tampoco está al alcance de cualquiera. Puedes estudiarlo, puedes practicarlo y ensayarlo. Pero no todo el mundo lo tiene. Y Juan lo tiene. Porque Juan es una falseta de flamenco tocada a destiempo. Una coplilla jonda que raspa. Juan te hace «una subía» por Camarón y, del escalofrío que le entra, no puede ni cantar. «Madre mía, virgensita del Carmen, cómo suena esto su colega».

Juan habla de lo que valen unas cuerdas caras y también de las que no tienes que comprar. Quiere hablar de música y no le sale, pero se expresa como una canción, con más sentimiento que razón. «La guitarra te mosquea, tú miras al cantaó y te burla, pero tú le sigues», te explica, mientras toca por tangos una de Camarón.

Cuanto más cómodo está Juan, con más frecuencia le pide la guitarra a Manuel. Juan presume, una vez más, de esa guitarra suya que daba susto verla. «¿Qué pasó con ella?», le pregunto, para dar fe de que seguía allí con ellos. «Mira, viejo, yo vengo de ver a la mujer con la que yo estaba, que ya tenía una hija cuando eso pasó, y esa niña está con el sobrino de Raimundo Amador, ¿sabes? Te pensarás que me lo estoy inventando, pero yo te digo la verdad».

Parece que Juan tiene una relación complicada con su ex mujer y su familia política. También con el sobrino de Raimundo, a quien, según cuenta Juan, éste le regaló una guitarra eléctrica. Cuando se la enseñó a Juan, no se mostró en absoluto sorprendido. «Era negra. Sí, muy bonita», dice poco convencido. «Una puta mierda, vamos, así se lo dije». Porque si el sobrino de Raimundo viese la guitarra que tenía Juan, «se caería de espaldas».

Dice Juan que no sabía lo que valía la guitarra. «Porque la robé». Lo dijo rápido, como el que sube cinco pisos cargado de bolsas y llega a su casa: las suelta del tirón. No insiste mucho en el tema, ni da más detalles. Pero «se la cogió a un nota» y se la vendió al sobrino de Raimundo «por 200 euros». En realidad, Juan está triste. Porque el sobrino de Raimundo no le mira «ni cuando se lo cruza por los juzgados». Y eso que le vendió esa guitarra por una miseria. «¡Yo, que me he fumado treinta porros con él, y ahora ni me habla!».

Y eso, parece, le hace daño. Piensa que le mira por encima del hombro. «Pero esto que me ha pasado a mí, le pasa a cualquiera y, cualquier día, llega del trabajo y se encuentra a su mujer con otro. La vida es así». Manuel asiente y le invita a tocar: «No deberías dejarlo, que tocas muy bien, tócate algo». Juan se arranca por rumbas, por el Zíngaro. También canta en portugués. Sonríe mientras toca. El ritmo le sale de dentro. Como él dice, la música le empieza a salir «del pensamiento» y va directa a las manos.

Resulta que hasta que no fue mayor de edad, Juan no aprendió a leer. Vamos, leía lo justo. Pero se compró una guitarra. Y unas cuerdas buenas y muy caras. «Pero lo que no vale una lágrima, cuesta un suspiro, ¿sabes su colega?». También se compró un afinador, que estaba nuevo, pero no sabía usarlo. Fue varias veces a ver al de la tienda de música para que le dijera cómo debía manejarlo. Tantas veces fue que el pobre hombre perdió la paciencia y, en vez de enseñarle a usar el aparato, se sentó en el piano y le dijo «métete esto en la cabeza». Nota a nota, le repitió la afinación de la guitarra hasta que Juan la memorizó. Y así es como afina la guitarra: desde el pensamiento.

«A la guitarra hay que echarle cuatro horas al día, por lo menos», afirma mientras se incorpora y se vuelve a aferrar a su destartalada bicicleta. Se hace tarde y empieza a refrescar, por lo que vuelvo a manifestarme y aviso de que es hora de ir recogiendo. «Yo me tengo que ir antes que tú, seguro que tengo más prisa, su colega», avisa Juan sonriendo. Sin despedirse, sin mirar atrás, prosigue su camino y nos deja allí, con nuestras guitarras. Sin tener ni puta idea de cómo tocarlas.

[Nota: este artículo pertenece al blog de E. Mendoza y ha sido rescatado para MYCES por el autor].

E. Mendoza

Periodista. Escribo, pero no se me da tan bien como el salmorejo. Twitter: @Malpartida_EM

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